Despliegue británico para desestabilizar Brasil y Argentina

26 de junio de 2013

26 de junio de 2013 — La Presidente de Brasil, Dilma Rousseff, propuso la convocatoria a una asamblea constituyente y la inversión de unos $22,000 millones de dólares en sistemas de transporte público, como respuesta a la ola de protestas masivas que comenzaron a extenderse por el país desde el 6 de junio. Lugo de que unas 250,000 personas salieron a las calles de Sao Paulo ese día, nominalmente en protesta por el aumento en las tarifas de transporte público, una semana más tarde, el 13 de junio, alrededor de un millón de brasileños salieron a manifestarse en unas 100 ciudades del país. Entre las demandas amorfas de las protestas aparentemente sin dirección, se incluía un llamado para llevar a juicio político a la Presidente Rousseff. A estas alturas ya se ha circulado una solicitud en ese sentido firmada por unas 300,000 personas.

En cierto sentido, la explosión social en Brasil no es de sorprender. Brasil es un polvorín político, gracias en gran medida a más de una década del método de saqueo financiero británico conocido como acarreo de fondos, a manos del Grupo Inter-Alpha de bancos, y a una élite nacional que históricamente ha sido completamente oligárquica en su falta de interés por los apuros de la mayoría de la gente. Pero en este caso, fue el imperio británico el que desató las protestas masivas a fin de desestabilizar al gobierno de Rousseff en Brasil, y golpear al mismo tiempo al gobierno Cristina Fernández de Kirchner en Argentina. Ninguno de estos dos gobiernos sigue la línea de Londres en este momento de la crisis de desintegración financiera global.

El 8 de junio de 2013, la revista de la City de Londres, Economist publicó un artículo muy explícito en este sentido. Titulado "Caída de la gracia", el artículo ataca a Rousseff y a su ministro de Hacienda, Guido Mantega, por atreverse a bajar las tasas de interés, cuando el acarreo de fondos internacional depende de que haya un gran diferencial entre las tasas de interés prácticamente cero que le dan los bancos centrales a estos fondos especulativos (dizque bancos) en Estados Unidos y Europa, por un lado, y por el otro las altas tasas de interés que se ofrecen en los mercados emergentes como Brasil. Rousseff prefirió "imitar al capitalismo de Estado chino... El gobierno abandonó la reforma del Mercado y gastó implacablemente", dice el artículo de marras. El Economist recuerda que ellos han estado martillando a Rousseff desde diciembre de 2012: "En diciembre, la última vez que exhortamos al gobierno de Brasil a que dejase de interferir y que dejase libre al espíritu animal, pedimos a la señora Rousseff que sacara al señor Mantega".

Luego el Economist completa su amenaza: "Cualesquiera que sean los errores de la señora Rousseff, son pequeños comparados con, digamos, Cristina Fernández de Argentina".

El diario pro gobierno Correio do Brasil explicó la situación desde su punto de vista, en un artículo del 21 de junio: "La reacción en contra de Dilma comenzó con la reducción de las tasas de interés... La reducción de las tasas de interés y el aumento del dólar golpeó a quienes se beneficiaban del arbitraje de los intereses y de los tipos de cambio, en otras palabras, pedir prestado dinero barato fuera del país y hacer dinero caro aquí dentro. Eso golpeó a los especuladores nacionales e internacionales... El gran capital, aquí y en el exterior, desató un duro ataque en contra del gobierno... Este campo de cultivo, dirigido por los perdedores en el Selic [tasas de interés], utilizando a los medios de comunicación como un gran tambor, sacaron a las masas a la calle. Los que estuvieron en la manifestación ese jueves vieron grupos fascistas organizados por lo general en torno a Internet".

Lyndon LaRouche tomó nota ayer de esta desestabilización en el Cono Sur de América, patrocinada por los británicos, y comentó que esta no es necesariamente una buena idea para los británicos. El gobierno brasileño no es particularmente popular en la población y hay algunos en Brasil, a quienes conocemos por nuestra experiencia personal, dijo LaRouche, que tienen una visión diferente de estas cuestiones, incluyendo las relaciones entre Brasil y Argentina. El gobierno brasileño debería ser muy cuidadoso para no perjudicar al mismo tiempo a Argentina y al pueblo brasileño, concluyó LaRouche.