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El golpe contra la Presidencia comenzó con la injusticia a Lyndon LaRouche

15 de diciembre de 2020

15 de diciembre de 2020 — La Corte Suprema del estado de Wisconsin declaró que podría haber mérito en tres de los cuatro criterios sobre fraude electoral que plantea el equipo jurídico del Presidente Donald Trump para invalidar algunas categorías del voto por correo en las elecciones del 3 de diciembre, pero que el Presidente pidió invalidar esas elecciones ¡demasiado tarde! Otro caso más de jueces corruptos que se doblan ante la presión de los medios y de la casta dominante. Según estos jueces, debido a que el Presidente no planteó el asunto sino hasta que se realizó la votación, que las normas impuestas por el gobierno de Wisconsin para el voto por correo violan sus propias leyes electorales en grande, no tiene ningún derecho a buscar el remedio de la situación en absoluto. En una exhibición increíble de cobardía, casi todos ellos recurrieron a expresiones infantiles de la jerga deportiva para justificar su corrupción: “ya sonó la campana”; “perdiste el juego”; “debiste presentar las objeciones antes de que empezara la temporada”. 

Frente a estos “juicios” que se dan en las altas esferas, y que los legisladores estatales en cuyos estados se han violado sus leyes electorales al mayoreo en las boletas por correo, enfrentan las mismas presiones de intimidación, el Presidente Trump tiene todavía el poder de la presidencia en sus manos. Todavía puede lanzar un ataque a todo el sistema de injusticia del gobierno secreto que ha intentado varios golpes de Estado y una “revolución de color” en su contra porque no quiere seguir el juego geopolítico de las guerras del imperio británico. 

El Presidente puede adoptar la acción del “fantasma de Banquo” (del Macbeth de Shakespeare) como lo propuso Harley Schlanger en la videoconferencia del 14 de noviembre del Instituto Schiller: Emitir sendos perdones para Edward Snowden, quien desveló el espionaje masivo de las agencias de inteligencia, ilegal e inconstitucional que se lleva a cabo a nombre de la casta dominante; y a Julian Assange, quien publicó los e-mails del Comité Nacional Demócrata. Assange tiene conocimiento personal de quién realmente tomó esa información de las computadoras del CND cuya publicación mostró que el CND arregló las primarias demócratas de 2016 a favor de Hillary Clinton y en contra del senador Bernie Sanders. [https://youtu.be/D-AUvqyVYS4] 

El Presidente despidió al fiscal general William Barr. Puede seguir ahora con la espía favorita de Londres, la jefa de la CIA Gina Haspel, y además nombrar un fiscal especial que investigue de verdad a los perpetradores de la farsa del “Rusiagate” que la inteligencia británica ha utilizado para obstaculizar su presidencia todos estos cuatro años. Y ahora se pretende revivir esa farsa, con la denuncia de otra compañía de seguridad cibernética (“FireEye”) que alega el hackeo masivo de organismos del gobierno de Estados Unidos. 

Trump tendrá el apoyo de los miembros republicanos del Congreso, algunos de los cuales ya han propuesto estas medidas, y también de los demócratas independientes que se oponen al espionaje masivo y a las guerras sin fin, como la representante demócrata de Hawái, Tulsi Gabbard. Y también puede convocar a cualificados denunciantes como Bill Binney, que saben lo que se ha hecho contra los derechos del pueblo estadounidense. 

También puede contar con muchos ciudadanos que saben que les han robado su decisión de la manera más artera, y con los representantes de estos votantes que han tenido el valor de presentar testimonio ante los jueces cobardes y corruptos. Puede contar con esa población que no aceptará la farsa electoral y no aceptará más injusticias. 

Pero no van a actuar de manera efectiva hasta que no entiendan que esta injusticia que les han hecho a ellos y a su Presidente, nace del vilipendio y la persecución a Lyndon LaRouche hace 35 años. Por la misma oligarquía estadounidense y medios corporativos que añoran un imperio estadounidense siguiendo el modelo británico, guiado por el centro del imperio financiero en Londres, que cometió injusticias y abusos a montón contra el más firme adversario de ese imperio, LaRouche. Henry Kissinger lo exigió; Robert Mueller recibió la tarea de ejecutarlo; el republicano anti Trump, William Weld, procesó las farsas judiciales contra LaRouche desde su posadero en el Departamento de Justicia. A todo esto, un respetado ex fiscal general lo calificó en su momento como “la más amplia gama de conducta indebida sistemática y deliberadamente maliciosa durante el período de tiempo más extendido, y utilizando el poder del gobierno federal, que cualquier otro proceso que haya realizado el gobierno de Estados Unidos en mi tiempo o en mi conocimiento”. 

Y por 35 años, esta injusticia profundamente destructiva de la práctica de gobierno en Estados Unidos, y destructiva de la economía, queda aún por resolver, con la exoneración y reivindicación de LaRouche, de sus ideas y de justicia contra sus enemigos en círculos de inteligencia de Londres y Wall Street. Ha quedado demostrado que son los mismos enemigos del Presidente Trump y los promotores del espionaje a los ciudadanos después del 11-S. 

La injusticia a esta persona, en particular, fue una injusticia para todos. De este modo, hacer justicia a LaRouche es esencial para lo que el Presidente Trump puede y debe hacer para restaurar la justicia para todos.