Documento de la Casa Blanca sobre su enfoque estratégico hacia China formaliza el carácter macarthista de la política interna y externa de Estados Unidos

23 de may de 2020

23 de mayo de 2020 – El documento de la Casa Blanca que se dio a conocer el miércoles 20, titulado “Enfoque estratégico de Estados Unidos hacia la República Popular de China”, revive en todos los aspectos esos fenómenos más asociados a la era de Joe McCarthy en la década de 1950, cuando la cacería de brujas contra cualquiera a quien se le tildara de “comunista” lo podía llevar a la cárcel.

Por su puesto, el documento no llega a declarar explícitamente que desea imponer un “cambio de régimen” en la República Popular de China (se cubre con la hoja de parra de que eso le corresponde al pueblo chino) pero si advierte que pondrá bajo escrutinio riguroso toda actividad de China en Estados Unidos. Y aunque no declara explícitamente que Estados Unidos sigue siendo el único árbitro para dictar las reglas en el mundo, eso queda implícito en todo lo que sí dice. Para empezar, declara tres propósitos simples: proteger al pueblo estadounidense, el país, y el modo de vida; promover la propiedad estadounidense; lograr la paz a través de la fuerza; y potenciar la influencia de Estados Unidos. Los objetivos principales son: “mejorar la resistencia de nuestras instituciones, alianzas y asociaciones a fin de prevalecer frente a los desafíos que presenta la RPC” y en segundo lugar, “obligar a China a cesar o reducir sus acciones perjudiciales a los intereses nacionales vitales de Estados Unidos y de nuestros aliados y socios”.

El documento reitera el viejo cuento de que Pekín se aprovechó de los beneficios de la Organización Mundial del Comercio (OMC) para llegar a ser el mayor exportador del mundo, y al mismo tiempo proteger sus mercados; el cuento de utilizar la Iniciativa de la Franja y la Ruta (IFR) para imponer sus normas en los países que reciben alguna asistencia económica y para promover a sus propias compañías a costa de las empresas no chinas; y agregan que China trata de cambiar “nuestro sistema de valores”, que se basa en “el derecho de todas las personas a la vida, libertad y búsqueda de la felicidad”.

Luego sigue toda una gama de medidas que se van a tomar para contrarrestar la influencia china: restringir la presencia de sus medios informativos en Estados Unidos (cosa que ya está sucediendo); impedir la actividad de las organizaciones chinas o de sus “agentes” en el medio empresarial, en las universidades, grupos de peritos, académicos, periodismo, y entre funcionarios de gobiernos locales, estatales o federales de Estados Unidos, “en un intento de influir el discurso y restringir la influencia externa al interior de la RPC”. También señala que los funcionarios estadounidenses de todos los departamentos del gobierno federal de Estados Unidos “dirigen los esfuerzos para educar al público estadounidense sobre la manera en que el gobierno de la RPC se aprovecha de nuestra sociedad libre y abierta” a fin de “promover la agenda del Partido Comunista de China adversa a los intereses y valores de Estados Unidos”. Por lo visto, quieren que todos se conviertan en “policías del pensamiento”.

Por un lado, Estados Unidos le da la bienvenida a los estudiantes chinos que estudian en Estados Unidos, pero al mismo tiempo, el gobierno “está mejorando el proceso de filtrar y descartar a la pequeña minoría de solicitantes chinos que intentan entrar a Estados Unidos bajo falsas pretensiones o con intenciones malignas”. Asimismo, habrá un control más estricto sobre la colaboración de las instituciones de investigación de Estados Unidos con sus homólogos chinos.

El documento también compromete a Estados Unidos a mejorar sus capacidades militares junto a las de sus aliados “a fin de hacer retroceder las reivindicaciones hegemónicas de Pekín y sus reclamos excesivos”, en particular en el Mar de China Meridional. Además, en el frente económico Estados Unidos se propone “trabajar con naciones que piensen igual para promover una visión económica basada en los principios de soberanía, libre mercado, y desarrollo sustentable” e imponer “disciplinas a las empresas estatales, a los subsidios industriales y a la transferencia obligada de tecnología”.

Parece que tan solo decir algo positivo sobre la República Popular China y de sus políticas puede llegar a interpretarse judicialmente como una “influencia maligna”.