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La pandemia del COVID-19 obliga a reflexionar: ¡la cooperación internacional es indispensable!

17 de marzo de 2020
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por Helga Zepp-LaRouche, [email protected]

Vivimos en este momento la peor crisis de salud internacional de los últimos cien años. Esta crisis es extremadamente peligrosa, porque la crisis de la pandemia del coronavirus coincide con la crisis financiera sistémica global que ya estaba a punto de explotar antes de que estallara la crisis médica. La pandemia fue solo el detonante. Existe una solución, pero solo si las sociedades occidentales están preparadas para cambiar todos sus axiomas del modelo neoliberal por una política económica que no esté guiada por consideraciones monetaristas, es decir, por las ganancias de los especuladores, sino guiada por el valor absoluto de la vida humana, los principios de la ciencia y la solidaridad con toda la familia de la humanidad.

Ya el Presidente Macron de Francia señaló recientemente lo que ya no se puede pasar por alto: El sistema político de la democracia liberal no es apropiado para reaccionar adecuadamente a las amenazas existenciales. Entre más pronto comprendan Europa y Estados Unidos el hecho de que debemos tomar exactamente las mismas medidas de salud pública que adoptó China en enero en la ciudad de Wuhan y en la provincia de Hubei, más vidas humanas se salvarán. En vez de aprovechar el tiempo que ganó el mundo gracias a las acciones decisivas del gobierno chino (caracterizadas correctamente por la Organización Mundial de la Salud como totalmente ejemplares) los gobiernos occidentales han desperdiciado semanas preciosas. Como resultado, ahora Europa se ha convertido en el epicentro de la pandemia y la situación en Estados Unidos es bastante incierta debido a la falta de pruebas hasta este momento.

Pero la necesaria reorganización no se puede limitar al área de la salubridad humana. Necesitamos un paradigma completamente nuevo en la política y en la economía, si es que vamos a impedir un colapso de la civilización como el del siglo 14. Muchos científicos en diversos países estiman que dentro de uno o dos años se infectará un 70% de la población, cuando menos hasta que se haya descubierto una vacuna y se produzca en masa. El profesor Christian Drosten del Hospital Charité de Berlín, habla de un nuevo estudio que indica que ya no podemos contar con una propagación más baja del virus en la primavera y el verano. Al mismo tiempo, se asume que la pandemia se propagará más por todo el hemisferio sur durante su invierno, y luego regresará al hemisferio norte en el otoño, fortalecida y posiblemente en la forma de una mutación.

Esto significa que no solo tenemos que corregir las consecuencias del desmantelamiento de nuestros sistemas de salud pública nacional de las últimas décadas, y equiparnos en el tiempo más corto posible para tratar al número esperado de pacientes. También tenemos que crear las condiciones para crear un sistema de atención médica global en el corto plazo.

No era inesperado

La crisis actual no es de ninguna manera inesperada. En 1974, Lyndon LaRouche conformó lo que él llamaba un “grupo de trabajo sobre el holocausto biológico”, con la tarea de investigar el impacto, sobre todo en los países en desarrollo, de las condicionalidades y los programas de austeridad del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial. LaRouche y sus colegas presentaron los resultados de estos estudios en una serie de informes en los que advertían que la reducción en los niveles de vida en varios continentes, que esas instituciones desatarían durante los años subsiguientes, conduciría al resurgimiento de viejas plagas y a la recurrencia de nuevas enfermedades y pandemias.

Cuando se toman en consideración las condiciones de muchas naciones en África, Asia, Iberoamérica, e incluso en las regiones pobres de Europa y de Estados Unidos hoy en día, resulta muy claro que solo un cambio global en la política puede remediar esto. Cerca de dos mil millones de personas actualmente no tienen agua potable para beber y la mayoría de los llamados países en desarrollo no tienen nada que se acerque a un sistema moderno de salubridad. Actualmente hay una hambruna en varios países del sur de África. Hay una plaga de langosta, en contra de la cual la comunidad internacional no actuó de manera oportuna, que amenaza con hacer estragos en docenas de naciones de África, Asia y de Iberoamérica. Como resultado de las mentadas “guerras de intervención humanitaria” y del subdesarrollo mencionado, millones de refugiados han huido hacia Europa y a Estados Unidos para escapar del peligro a sus vidas.

Por ende, si queremos evitar que la pandemia del coronavirus se propague en olas y que migre del hemisferio norte al hemisferio sur y de regreso —creando así potencialmente el caldo de cultivo para otros virus similares y peores—tenemos que iniciar ya cambios radicales.

Se necesitan cambios en todo el sistema

Se tienen que construir hospitales con pabellones de aislamiento en todo el mundo, siguiendo el ejemplo de la ciudad de Wuhan y de la provincia de Hubei, donde se construyeron un total de 14 hospitales temporales, con sus necesarias unidades de cuidado intensivo. Se deben observar las normas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) al hacerlos. China, por ejemplo, construyó instalaciones con 16,000 camas de hospital nuevas en solo un mes.

Se deben establecer centros de investigación científica internacionales para investigar el virus COVID-19 y otros patógenos virales y bacterianos. Se tienen que desarrollar vacunas y probarlas. Los resultados de las investigaciones en biofísica, biología nuclear y medicina espacial se deben poner a la disposición de todas las naciones de inmediato. El punto de referencia para esto es la concepción de la Defensa Estratégica de la Tierra que desarrolló Lyndon LaRouche, en la cual el punto focal es la protección de la vida humana de las pandemias.

Estas medidas de alcance mundial requieren inversiones que no se pueden hacer bajo las condiciones del actual sistema financiero en proceso de derrumbe. Las medidas que están tomando ahora los bancos centrales para inyectar liquidez al sistema financiero en el orden de los billones de dólares, y hasta la asignación de fondos presupuestales de los gobiernos, va a provocar una explosión monetaria hiperinflacionaria y es insostenible.

Para combatir la pandemia del coronavirus de manera exitosa, y para construir y equipar los hospitales necesarios, necesitamos el paquete completo de medidas que propuso Lyndon LaRouche hace ya varios años:

  1. Se tiene que introducir de inmediato un sistema de separación bancaria a escala mundial, basado exactamente en el modelo de la Ley Glass-Steagall promulgada por el Presidente Franklin Roosevelt el 16 de junio de 1933. Bajo este sistema, la banca comercial se debe poner bajo la protección del gobierno nacional, y debe estar completamente separada por un cortafuego de las firmas y entidades bancarias de inversión especulativa, las cuales no tendrán ningún acceso a los activos de la banca comercial, ni tendrán el privilegio de ser salvados con el dinero de los contribuyentes. El papel tóxico de estos bancos, como sus contratos pendientes de derivados financieros, se tienen que anular. Asimismo, las obligaciones legítimas que estén conectadas a la economía real o a las pensiones y otros activos de los trabajadores, se deben clasificar como válidos en el nuevo sistema. Algunos tipos de obligaciones de pago se deben congelar provisionalmente y las instituciones competentes del gobierno nacional deben revisar su validez.

  2. Cada país debe crear un banco nacional, según la tradición del Banco de Estados Unidos de Alexander Hamilton, o el Kreditanstalt für Wiederaufbau (Corporación Financiera para la Reconstrucción) de la posguerra en Alemania, a fin de que el Estado pueda proporcionar los fondos necesarios de crédito para las inversiones productivas en la economía física. La emisión de estos créditos se debe guiar por los principios de la alta densidad de flujo energético y de un aumento óptimo de la productividad de las capacidades productivas y de las facultades del trabajo, poniendo el acento en el avance científico y tecnológico.

  3. Se debe establecer entre los países participantes un sistema de tipos de cambio fijo, y se deben establecer tratados de cooperación entre los Estados soberanos con el propósito de llevar a cabo proyectos de desarrollo y de infraestructura bien definidos. Estos tratados en conjunto representan de hecho un Nuevo Sistema de Bretton Woods, como el que se proponía Roosevelt, con la intención explícita de proporcionar crédito para el desarrollo industrial del sector en desarrollo.

  4. Se tiene que facilitar el aumento urgente en la productividad de la economía mundial, a fin de acomodar a una población mundial de casi ocho mil millones de personas actualmente, mediante un programa internacional de urgencia para la realización de la energía de fusión termonuclear y otras tecnologías avanzadas, en campos tales como la biofísica óptica y las ciencias de la vida, para encontrar soluciones a los desafíos como el coronavirus. Este aumento en la productividad se debe facultar también mediante la cooperación internacional en la tecnología y la exploración espacial, lo cual puede establecer la necesaria plataforma superior siguiente para la economía mundial, según el concepto que desarrolló el economista Lyndon LaRouche.

Las únicas instituciones que pueden llevar a cabo este programa a nivel mundial son los gobiernos más prominentes del planeta, que deben ser representantes de toda la población del mundo en su composición. Por lo tanto, en ningún modo es suficiente que los gobiernos del G7 lo acuerden entre ellos; estas soluciones solo se pueden implementar con la participación de Rusia, China e India.

Esto significa también que se tiene que superar finalmente la geopolítica y se debe reemplazar con la idea del futuro y las metas comunes de la humanidad. Si no queremos caer en una nueva Era de Tinieblas, tenemos que sustituir las ideas neo-maltusianas, el “Nuevo Trato Verde” anticientífico, el monetarismo y el eurocentrismo, con las ideas de la economía física, guiadas exclusivamente por los principios probados científicamente de las leyes del universo.

Y finalmente, quizás el cambio más importante que tenemos que hacer en nuestro pensamiento, es que: Necesitamos un nuevo Renacimiento humanista, un renacimiento de la cultura clásica. Ya que se ha llevado al mundo a este punto no menos también por el hedonismo desencadenado que viene junto a la democracia liberal y neoliberal. Ha llegado el momento en que se tiene que dejar de lado la ideología del “todo se vale”. Vamos a superar esta crisis solamente si nos dirigimos, en lo personal, desde nuestro interior, de acuerdo al amor a la humanidad. Pero es por eso, después de todo, ¡que somos seres humanos!

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